Lo mío no es el silencio del arena
y el cielo de estrellas en el infinito.
Lo mío es el espacio de tu ombligo,
tu blanca desnudez que amenaza
con estallar en mi frente.
No el silencio sordo,
implacable, inmutable.
Más bien un gemido, apenas perceptible,
tu respiración dentro de mi boca,
yo mismo dentro de ti.
No la nada, el aullido que rompe la noche,
cuando se deja caer el miedo.
La taza del té que golpea sobre la terrraza,
mientras, las manos apretadas,
y la voz que no arranca.
Silencio, un puente,
el recuerdo del mundo y yo: uno solo.
La sensación de hacer castillos de barro.
Quiero volver a ese silencio.

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