Solo en este lugar de paredes blancas, la higiene de la habitación me recuerda la nieve de mi ciudad. El tipo extraño se fue hace un momento, dejando unas hojas en blanco, un lápiz, y la tarea de contar mi historia.
Lo primero que recuerdo, son las últimas palabras de Francisca al salir de casa, : “después de todo, te amé, y creo que por eso he vivido”. Fue un mensaje lanzado al aire, para cualquiera, ya no necesariamente mío. Siempre esa frase perfecta, ese aroma poético, que me dejaba prendado. Sabía bien como cautivarme, amarrarme, aunque los hechos dictaran una realidad diferente. Salí a la calle, pensé en lo relativo de la temperatura. Al perderla, me daba cuenta del invierno, de la ciudad entera congelada.
Escuché el ruido de cadenas de un vehículo rompiendo la escarcha. La sensación de temblor recorrió todo mi cuerpo. Alrededor mío, sólo techos con nieve y estalactitas colgando de los bordes. Decidí no perder más. No-voy-a-comenzar-de-nuevo, fueron palabras que retumbaron con eco en mi interior. Avancé con los musculos apretados, tratando de guardar calor. Tal vez hubiese otra vida mejor, más segura, menos inestable. El viento helado atravesó mi frente. De las casas salía humo, delatando el encierro de las personas. Medité en la posibilidad de la nada, que todo terminara aquí. Entonces no habría qué perder pensé. Cualquier cosa es mejor que esta sensación de lagunas congeladas, sentir los doce grados bajo cero en la ciudad, saber que la gente esta enojada, triste por no ver el sol.
Tomé mi decisión. La idea de la sangre corriendo por el piso, y una serie de investigaciones buscando culpables no iba conmigo. Moriría congelado. Una muerte romántica, metáfora de mi existencia, donde cada comenzar y terminar fueron desgastándome, enfriando mi corazón. Si en esta ciudad nos pasábamos la vida haciendo fuego para combatir el hielo, encerrados entre paredes, angustiados mirando películas de playa y mujeres desnudas, debía ser ese mismo frío quien me transportase a una nueva existencia.
Planifiqué todo muy bien, y por espacio de un mes me dediqué a estudiar los pronósticos del clima en la TV. Después de un tiempo, supe exactamente cuál sería el día. Vaticiné por lo menos quince grados bajo cero. Más que suficiente. Escogí un lugar cerca del lago, donde solía ir de paseo, con la cascada que todos los inviernos se congelaba. Igual cosa debía ocurrir con mi sangre, como aquella cascada, en un momento mágico detendría su fluir. Llevé algunos alimentos, debía estar seguro de no morir de hambre. Me abandoné a mi suerte...
No sé en qué momento ocurrió todo, no comprendo bien. Miro a mi alrededor y veo una sala de color blanco, llena de loza y cristales asépticos. Un tipo de traje extraño y mirada seria acaba de dejarme solo, con un lápiz y papel. Solicitó que le explicara por escrito lo ocurrido. Me dijo que fui encontrado hace un tiempo. Luego decidieron incluirme junto a un montón de sujetos que habían pedido ser congelados después de morir. Yo era el único al cual habían logrado despertar, y necesitaban saber mi historia.
Aún tengo frío. Detrás de una puerta de vidrio, alcanzo a ver un calendario que dice 2087. Recuerdo tu última frase, y al sentir la higiene del lugar, me parece que amarte no era tan malo...

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